Thursday, October 05, 2006

un exterminio involuntario

Que no se entienda el ataque al socialismo en el post anterior como proveniente de un liberalismo salvaje. En realidad, el socialismo atopiano es funcional al capitalismo neoliberal salvaje. A las áreas no rentables que el mercado va dejando a la deriva, como por ejemplo la salud de los pobres y la protección del medio ambiente, el socialismo las pone bajo el amparo del estado. Hasta ahí todo bien: tenemos hospitales, y con suerte cuidaremos las aguas y los bosques. Pero al aplicarse la misma lógica en el terreno de las políticas culturales, se entra en una zona jodida.
¿A qué se dedica el Estado socialista municipal atopiano, en cultura? A lo mismo que hace en todos los otros rubros: a subsidiar por tiempo indeterminado lo que no es rentable. De este modo, se subsidian a los poetas jóvenes, a los poetas mediocres, a los poetas en general; a las novelas experimentales, al arte contemporáneo mientras sea experimental y cueste más conservarlo que producirlo, a las obras de teatro y los grupos de música que por alguna razón (mediocridad o vanguardia, o ambas) no obtendrían éxitos de taquilla.
¿Pero qué pasa cuando un artista o novelista atopiano alcanza el grado de madurez en que ya no necesita la protección del Estado, suponiendo que le haya hecho falta en algún momento?
Pasa lo peor. El mercado tarda en absorberlo, porque el socialismo no es consciente de serle funcional y entonces da la espalda al mercado, y lo mismo hace la cultura creada por el socialismo. Puede suceder que el mercado no lo absorba además porque viene con la etiqueta "Flor de Ceibo" de lo subsidiado. Encontrar el camino del socialismo hacia el mercado puede ser arduo; requiere de complejas estrategias, mucha información, mucho análisis de la información y una gran dosis de buena suerte. Y muchos pasajes a Buenos Aires o a España. Es un camino tan lento como improbable y mientras tanto (lo que en muchos casos quiere decir "definitivamente") el artista queda al margen por completo, ya sin Estado que lo subsidie premiando su obra y todavía sin mercado que se la venda.
Esto es muy observable en pintura. Esta marginalidad es descarnada y además injusta, ya que se trata de artistas buenos, o incluso muy buenos, pero que no llegan al mercado. Y lo más grave es que en pintura no zafan por la internacionalidad: la salida de las obras se las traba la Aduana. Calcúlese además la diferencia de costos entre apretar un botón "send" y mandar un manuscrito por email y eventualmente viajar a la presentación del libro, o transportar veinte cuadros por flete a Buenos Aires.
Es muy probable que, al menos en principio, el monopolio estatal atopiano de la cultura sea un monopolio by default, por defecto. A falta de iniciativa privada local que apoye la cultura atopiana por considerarla poco rentable, ésta quedó en los últimos años casi exclusivamente en manos del Estado.
¿Qué hace el Estado? Protege, no impulsa. ¿Cómo protege? Con una gran carpa donde quepa MUCHO. Sabemos que no hay mucho bueno, entonces: lo mucho es de calidad mediana. Tanto lo malo como lo bueno quedan afuera.
A veces entra algo bueno, pero es relativamente poco rentable y/o es "la estrella" (siempre y cuando no sea atopiano y venga de Buenos Aires y sirva por lo tanto para atraer a la prensa y al público). Es el invitado distinguido: Gelman en el Festival de Poesía, Pombo en el MACRO, etc. Todo bien, pero...
La imagen es la de un invernadero donde florece "la cultura" en los mismos términos en que se los puede ver rozagantes al medio ambiente en una reserva ecológica o a los pobres atendidos en los hospitales. Una campana de vidrio, un microclima donde sobreviven los débiles del capitalismo salvaje.
Todo bien hasta ahí, pero ¿qué pasa con los buenos, los buenos de acá?
Muy simple: mueren. Mueren y, como son pocos, a nadie le importa.
El mecanismo es similar, sólo que involuntario y en reducidísima escala, al Holocausto nazi, donde un racismo biologicista, inadmisible éticamente, indemostrable científicamente pero creído por la opinión pública, fue la excusa para la vergonzosa y criminal eliminación de una pequeña burguesía en ascenso que de llegar a burguesa y a hacerse del poder cultural le habría disputado el poder a la clase política dominante.
Paso uno: los buenos artistas locales atopianos han quedado totalmente al margen de toda escena cultural. Paso dos: la gente pregunta por esos desaparecidos, mejor dicho borrados, de la escena oficial que es la única escena de la cultura. Paso tres: los funcionarios responden. ¿Qué respuesta dan? La explicación más simple, la calumnia. No pueden decir "a ése no lo incluimos porque es bueno y no tuvo el tino de emigrar". Esta no es una respuesta que satisfaga el sentido común aunque siga una lógica económico-política de hierro. Entonces la calumnia, pronunciada por la autoridad, se instala con la fuerza del mito. Paso cuatro: tan al margen no se puede sobrevivir, pero ¡oh! paso cinco, o la función del mito: ante la opinión pública, el exterminio queda justificado.
Se supone que había que huir, irse. O dedicarse a otra cosa. Pero esto es cargar los costos en quienes no deberían pagarlos. Lo que corresponde hacer es quedarse y luchar en varios frentes. En el frente económico-político, reorganizar al sector privado; en el ideológico, educar e informar a la opinión pública y a los artistas y funcionarios mismos sobre la realidad de lo que está pasando y su diferencia con las políticas más saludables que podrían implementarse; en el plano puramente simbólico, resignificar la calumnia (imposible de refutar puesto que se ha instalado con fuerza de verdad) y subvertir su sentido, revirtiéndola en arma de seducción que eventualmente podría servir en el mercado. (Un ejemplo a seguir: de "Judas" a "Jewcy" como sentidos posibles de "judío".)
Lo que queda como asignatura pendiente es la tramitación subjetiva del horror de enfrentarse a una maquinaria homicida.
Que el tal homicidio colectivo no sea un proyecto voluntario y consciente como lo fue para el nazismo, y sólo exista como mera consecuencia mecánica de una política cultural que crea diminutas poblaciones excedentes, numéricamente irrelevantes, no lo hace mucho menos atroz. De cualquier modo, la sensación de que nos están matando es bastante fea.
Lo más duro, con todo, es establecer lazos con las demás potenciales víctimas. Que no lo seremos si hacemos algo eficaz por cambiar las cosas, claro. Pero es increíble cómo se resisten al nudo solidario: cuando se les hace ver que participan junto con quien les habla de un destino común, el de estar siendo objeto de exterminio involuntario a manos de las propios semejantes, como último recurso ante la herida narcisista que esto les causa, incluso cuando se les ha demostrado que el problema no es personal sino político, se aferran con orgullo a su mayor resiliencia individual relativa... basada, sospecho, en sus ganas de sufrir: "Ah, pero yo soy fuerte, yo los aguanto. No como vos...".
En el frente práctico y personal, lo primero es hacer guita urgente; lo segundo, ingresar los propios productos al mercado lo antes posible.
Después está este espanto, cada mañana.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Es el gran pueblo (por no decir pueblo grande) en el que me tocó nacer, y no podría haberlo descripto mejor.
Creo que voy a empezar a hablar con tono porteño. Por lo que he visto, algunos ya lo implementaron y les da bastante resultado.
Acá si tenés acento español salís en todos los canales diciendo la huevada que tengas ganas y todos te van a escuchar con atención, y se van a tomar un par de segundos antes de preguntarte algo por miedo a quedar como unos sudacas ignorantes (que somos).

4:58 PM  

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